domingo, 27 de noviembre de 2016

EN QUÉ MOMENTO ME PERDÍ

Una pregunta de esas que así no mas no solemos hacernos. ¿Podrá ser posible que nos perdamos a nosotros mismos? ¿A través de qué situaciones podemos constatar o no que esto nos puede estar sucediendo. En una Sesión de Coaching de Marca que realizamos hace unas semanas con emprendedores en la Cámara de Comercio de Lima, llegamos a esta pregunta como parte de una experiencia de búsqueda interior en la cual tratábamos de evidenciar si nuestra marca personal realmente era reflejo de lo que somos y más aún, si lo que hoy somos es aquello que soñamos, proyectamos o decidimos ser. El día a día trae sorpresas muy a menudo y no es de extrañarse que empecemos con mucho entusiasmo proyectos y terminemos arribando a “puertos desconocidos” tal vez animados por resultados económicos que se producen justo cuando más los necesitamos pero que a veces nos terminan alejando de aquello que en algún momento nos trazamos como meta en nuestra vida. ¿Es esto bueno o malo? 

Cada uno debe hallar su propia respuesta; hay quienes cambiaron de rumbo y descubrieron que son más felices en lo que hacen ahora que en lo que se trazaron hace 5 ó 10 años como objetivo, capaz porque entonces se lo plantearon con cierta ignorancia aún de sí mismos y de sus reales capacidades, y ello hizo que su decisión no fuera la correcta. No todos se conocen en profundidad a sí mismos como muchas veces piensan. A veces nos tardamos en encontrar nuestro camino y mareados por circunstancias que nos apremian, tomamos uno sólo para sentirnos asidos a algo dado que así disimulamos nuestro desconcierto.   

Hay también quien al percibirse estresado, hastiado y enmarcado en un presente soso y nada motivador, echa un vistazo al pasado como queriendo descubrir en que momento fue que se salió del camino. Porque uno corría tras proyectos que lo entusiasmaban y de repente el tiempo transcurrió veloz y al mirarme un segundo resulta que yo sigo en lo mismo, capaz estancado materialmente sin poder obtener lo que hubiese deseado, ó capaz en la misma empresa pero avocado a otro tipo de negocio, otro segmento de clientes, quizás porque el éxito de lo que hago no se produjo en aquello que yo anhelaba sino que surgieron nuevas opciones y me dedique a ello tanto que desatendí totalmente todo lo otro que era mi real motivación y hasta diría que mi pasión. Y se siente uno en la encrucijada: seguir por donde voy o virar en pos de lo que siempre deseé. Cómo puedo proceder ante esta situación:

1. Detenerme, aquietarme y contemplar. Si no hago un alto, la rutina me engullirá y capaz siga dando vueltas dentro del remolino interminablemente. Es necesario parar y al hacerlo aquietarme, respirar profundo y buscar el silencio acallando esas voces interiores tiranas que latigan mi paz, esas que no cesan solas sino que precisan del ejercicio de mi voluntad para sosegarse y brindarme a mí mismo el espacio que decido tomarme. Solo así, sereno y en dominio de mí mismo podré mirar mi realidad, sin broncas, sin prisas, sin juicios de valor, sin culpas. Ojo no analizar, contemplar, es decir, mirar con simpleza para descubrir sin tanto razonamiento si soy feliz o no mas alla de problemas o dificultades que me toquen afrontar. Valdrá entonces decirse: no sé cómo llegue aquí, pero, ¿estoy bien aquí o no? ¿Puede ser esta mi tierra prometida o no? La voz de mi conciencia es la voz de Dios y en medio del ruido suele no escucharse. Solo el silencio interior permitirá este diálogo.

2. Aceptarme a mí mismo y a mi realidad. Siempre que esté pasando por un mal momento sea económico, emocional, relacional, laboral ó existencial, la tendencia será a juzgarse con demasiada severidad. Es verdad que nuestros actos nos llevan a donde estamos, pero también es cierto que hay variables externas que influyen en nuestro accionar. Y muchas de estas variables no están bajo nuestro control, no tenemos poder sobre todo lo que sucede y ya quisiéramos tenerlo. Pero cuanto más nos resistimos a la realidad, peor es. Vale más aflojarnos y despegarnos de nuestro perfil soberbio que poco aporta a la solución de nuestros conflictos. El mundo tal como es, no es sino el escenario de nuestra vida y como en el teatro, puede tocar llorar y después reir, luchar y después festejar, hablar y hacer silencio, porque todo, por disímil que sea, es parte de la misma vida. Y sino puedo aceptar esto, es porque me gobierna aún la inmadurez de creer que todo en la vida es solo una cosa, no un compendio de ellas.

3. Volver a soñar. Decidirme a volver a luchar por aquello que amo, aquello en lo que creo, aquello que me define. Si quiero volver a mirar el futuro con ilusión debo replantear mi camino y para hacerlo buscando alcanzar la felicidad es imprescindible volver a soñar, soñar despierto, enfocándome en objetivos altos; tal vez me reencuentre con las aspiraciones que se me perdieron en el camino o tal vez no. Si sucede lo primero es porque perdí mi rumbo y estoy recuperándolo; si sucede lo segundo y no me engancho con sueños del pasado sino con nuevas aspiraciones, pues ¡buenísimo también! es probable que sea eso lo que me estaba faltando y este replanteo me ponga frente a nuevos desafíos que dimensionen mi vida y me hagan sentir que ahora sí estoy donde debo estar.

Los problemas no se esfuman porque uno haga este ejercicio, sin embargo uno gana mucho al hacerlo porque nada se compara con la sensación de recuperarse a sí mismo. Y esto de verdad ocurre. Sabrás que lo estás viviendo cuando notes que estás más allá del problema, que su existencia no mella tu actitud de vida y que así como los miedos y tantas otras cosas que no podemos controlar, existen y nos influyen, ello no definirá quien eres ni condicionará tu estado de ánimo. El gozo de RECUPERARME A MI MISMO eclipsa todo lo demás. Para concluir, este sabio pensamiento de Bertrand Russell:  “Cuando un hombre sabe a donde va, el mundo entero se aparta para dejarle paso”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario